sábado, 16 de mayo de 2015

Bitácora de viaje: kaixo, San Sebastián

Prueba 1: foto desde la ventana
Uno tiene que darse un lujo de vez en cuando y mi cuando fue en San Sebastián.  De hecho no creo que hay manera de sobrevivir a esta ciudad con un presupuesto limitado. Donostia, San Sebastián en vasco, es de lujo.  Al llegar, te encuentras con la Bahía de la Contxa y ya no quieres irte más.  San Sebastián no es España, ni es Francia; San Sebastián es parte del país vasco, por ende, tiene una personalidad diferente, desenfadada, con una mezcla de tradición y un toque de hostilidad capitalina.  

Una de las primeras cosas que hice fue bajar a la playa porque desde allí se podía apreciar la fachada de mi hotel que, según yo, lucía como el Grand Hotel Budapest de Wes Anderson.  Mi habitación, sacando bien, bien la cabeza por la ventana, tenía vista al mar. 

Grand Hotel Budapest de San Sebastián
Esta entrada no va a tener mucho de historia, va a tener cero de literatura, pero va a servirles para saber que en San Sebastián puedes comprender por qué España es un gran país para vivir: porque el español comprende la necesidad del descanso, de alimentarse bien, de divertirse, de respirar para tomar aire y volver a comenzar, de ir a retirar personalmente al niño a la escuela y de ser rudo cuando amerita.  El español sabe que hay que tener tiempo para todo y para nada.  El español sabe que la lógica no cabe para encontrar la "felicidad".

Antiguo casino de San Sebastián cerrado por Franco... ajá, ajá.
Al fondo el acuario
En San Sebastián, que es la casa de Julio Medem, el director de Lucía y el sexo, se realiza un festival de cine que convoca a gente de la industria desde hace 63 ediciones, pero como no era época de festival decidí entrar en el famoso hotel María Cristina que es donde los medios realizan las entrevistas a los actores, directores y productores.  Me tomé una copita de champagne, no de cava, sentada en un sillón en el que me sentí por un hora Julia Roberts.  A algunos pasos de mi mesita, entrevistaban a un director técnico de un equipo de fútbol que ya no recuerdo cuál es, con producción fotográfica top y todo; y hacia el otro lado, un gringo tocaba una guitarrita y los de su mesa celebraban el desafine.  Repito: todo top, pero un momento, antes de pasar por el María Cristina, pasé por los famosos pintxos. 

A este episodio de mi vida lo recordaré como: coma alimenticio. 

Pintxos o tapas
Llegó el punto en que comencé a comer pintxos sin saber qué era lo que comía, no por bruta, pero porque las tapas estaban tan adornadas, que mal podía yo saber qué sabor escondían y después de cinco preguntas, me dediqué a abrir la boca sólo para comer.  Cada bocado producía un micro shock de felicidad y por momentos náuseas por los excesos.  Tuve dos momentos celestiales pero solo sé que uno de ellos fue una morcilla cubierta con pistachos y el otro no sé, y ya es muy tarde para preguntar, pero el recuerdo del crocante de unos hilos enredados sobre ese langostino me hace salivar.




Morcilla con pistacho y tostadas con flores lilas (???)

 I <3 San Sebastián
Cualquier restaurante al que entren va a tener de uno a infinitos premios culinarios.  Así es San Sebastián, comida y bebida; barrios con hermosísimas fachadas de la Belle Époque, con el río y el mar dándose la mano cordialmente, lo viejo y lo nuevo conviviendo en paz.  Ir a parar a San Sebastián, fue suerte, porque mi viaje suponía avanzar hasta Viena en tren, pasando por cuatro ciudades italianas, entonces comencé a subir poco a poco para poder lograr mi cometido.  Sin embargo, San Sebastián fue una sorpresa grata.  Una ciudad con mar, siempre será una sorpresa grata.

Tomé el tren hacia Barcelona desde una estación diseñada por Gustave Eiffel, con pena de no poder quedarme más.  El tren se descompuso, perdí mi reserva en Barcelona, así que la siguiente entrada será Roma.



Libro recomendado: Ávidas pretensiones del escritor donostiarra Fernando Arámburu.  Ahora lo veo todo más claro.

P.D. Kaixo significa hola en vasco. 
P.D. 2. Lo siento, no recuerdo cómo se llamaban los restaurantes a los que fui :S

viernes, 15 de mayo de 2015

Bitácora de viaje: Alcalá de Henares, Cervantes y la evasión

Tengo días escribiendo y reescribiendo la entrada sobre Madrid y hoy sé porqué no puedo con ella, porque a esta ciudad la redescubrí, y este deslumbramiento que conservo aún hoy, debe ir con agradecimientos que lleven nombre y apellido y merecen cerrar la bitácora, así que me salto la Villa para llegar a Alcalá de Henares, lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes.
Foto: Efrén Guerrero

Mi cómplice Efrén y yo nos enrumbamos a esta ciudad en un tren desde Atocha.  Antes de salir entramos en una especie de cámara que recogía las palabras de cientos de personas que se sintieron conmovidos con los atentados del 11 de marzo del 2004, y que expresaron sus condolencias con mensajes breves.  El lugar es silencioso y muy azul; tiene un aire extraterrestre y la presión del aire es distinta para sostener la tela en la que están impresos los mensajes y que funciona parecido a un globo de aire caliente.  El lugar fue erigido en el mismo lugar en donde sucedió la explosión, así como se hizo en las otras estaciones.  A pesar del color, lo que se siente al entrar no es tristeza, al contrario, es esperanza, esperanza porque lo que pasó ese día no se olvidará, porque los españoles decidieron que esté presente en sus vidas, porque quienes escribieron una línea a los familiares de las víctimas lo sintieron hace 11 años y sus palabras siguen escritas hoy. 
Hay que creer en el poder de la memoria histórica y este lugar me llenó, si cabe la palabra, de fe.

Mensajes 11-M

Continuamos el día con otro incidente, pues tuvimos que desviarnos para llegar a Alcalá de Henares porque un señor mayor cayó en las vías del tren y no pudieron hacer nada.  Obviamente, estas cosas no se informan por altoparlante, pero las “googleas” y encuentras la notificación de la policía en algún medio.  Le pregunté a mi amigo si esto pasaba a menudo y me dijo que más de lo que él quisiera: es una muerte rápida.  Me contó también que una mujer hace un par de semanas había empujado a su pareja, así que ese pensamiento no me abandonó en todo el resto del viaje, y a todos mis amigos, en otras ciudades en las que estuve, les pregunté por los accidentes en los trenes y es cierto, ocurren mucho.

El interior del tren en un momento se convirtió en un episodio de "The walking dead".  Confundido, un señor mayor golpeaba la puerta del conductor para que detenga la marcha, una mujer embarazada le gritaba que se calme porque podía provocar que nos pase algo, la gente que no se enteró que el tren cambiaba su ruta habitual estaba enfurecida y tenían razón.  Los pasajeros se preguntaban y repreguntaban si el tren iba al lugar donde debían llegar.  Sin excepción, todos coincidían en un pensamiento: los atentados del 11-M.  “Mi hermana se quedó dormida y perdió ese tren”, nos contó una mujer, “estábamos desolados”.


Dario y Efrén
Luego de que los humos se calmaron, y de un par de horas, llegamos a Alcalá de Henares y nos encontramos con Dario, un gran personaje, ganador del libro leído del Quijote, además.  Yo llegué con muchísima ilusión porque la vida conocida cambia después de la lectura del Quijote.  Y eso fue lo que sostuvo mi visita, porque en Alcalá no hay nada más que ver.  Nada de nada.  La casa natal de Cervantes, la universidad en la que se presume se doctoró Lope de Vega, y si contamos los tapeos como parte del plan, pues eso, porque en dónde más, sino en el lugar natal de Cervantes, se puede ofrecer una tortilla deconstruida con jamón ibérico.  
(???)



















Ah, mención aparte las cigüeñas y sus nidos gigantes en los techos de todo edificio respetable.
Cigüeñas everywhere

Yo leí por primera vez el Quijote el año pasado. Había leído alguna aventura, pero no las dos partes completas.  Honestamente, la segunda parte es mi favorita.  Soy fan de Sancho Panza y después de su actuación como Gobernador de Barataria votaría por él para Presidente de Ecuador.  Leí el Quijote para una materia de la universidad y fui parte del último grupo en tener el privilegio de leerlo con la guía de la maestra Cecilia Ansaldo, apasionada del Quijote, y como parte de mi tutoría me asignó la investigación de Ginés de Pasamonte, un hombre que cambia de color tres veces entre las dos partes de la obra; un personaje que los estudiosos han concluido que existió y que bien podría ser el Avellaneda que osó escribir la segunda parte del Quijote antes que Cervantes. 

Con este preámbulo, entré en la casa natal en la que efectivamente no, no hay mucho que ver, más allá de saber cómo vivía un complutense en esa época, nada sobre el Quijote a excepción de unas ilustraciones contemporáneas de este personaje, pero algo de historia exclusivamente de Don Miguel, no; sin embargo, a la vida le gusta darme regalos, y en la última habitación de la casa se había montado una exhibición de títeres que recrean la obra de Melisendra y Don Gaiferos, en donde el titerero, Maese Pedro, es uno de los personajes en los que transmuta Ginés, mi personaje.

Foto: Efrén Guerrero
Con ese regalo y la foto entre Don Quijote y Sancho Panza, me di por bien servida en Alcalá de Henares.  Aunque tengo que añadir que uno de los mejores momentos fue ver un afiche sui generis de la visita de los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins a Madrid, y entrar en una biblioteca que anteriormente había sido el lugar en donde se acogió al cautivo Miguel de Cervantes, luego de rescatarlo en Argel.


Ole Astronautas...
Mi cara al regreso no era de desilusión, pero de comprensión del porqué Cervantes escribió la obra más importante de la literatura universal habiendo vivido en un lugar así.  Si en Alcalá no pasa nada, Cervantes hizo que pasará a través de la evasión.  Así que gracias, Alcalá de Henares, por ser la casa del creador de la novela moderna y por hacer que la pasividad de estas calles funcionara a favor de la literatura y diría yo, de la humanidad.


Don Miguel


Libro recomendado: obviamente La aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y no olvidemos que este año se celebran los 400 años de publicación de la segunda parte de este libro, mi favorita.

martes, 28 de abril de 2015

Bitácora de viaje: Montparnasse y los escritores

Regreso al reporte de la travesía.  Estoy en Madrid, pero esa entrada la voy a posponer para escribir sobre Julio Cortázar y mi visita a París.  No sé cuántas personas lo sepan, pero yo decidí dejar todo lo que había hecho en la vida para escribir inmediatamente después de la lectura de “Todos los fuegos el fuego”, ¿por qué? Porque nunca había leído algo así, algo que me hiciera fruncir el entrecejo mientras retrocedía un par de páginas para comprender lo que sucedía.  De esta manera fue como quise sentarme a escribir un libro de cuentos, pero también regresar a París para visitar a Julio Florencio. Estas líneas, entonces, son la dedicatoria extendida para el Maestro, por sus cuentos, por la fantasía, por la evasión y por el próximo reencuentro.

El día empezó con el robo de mi celular en la entrada del hotel, pero “solo es algo material” retumbaba en mi cabeza, así que no dejé que el incidente me arruinara la jornada, menos cuando la primera parada de mi recorrido fue la última residencia de Cortázar junto a Carol Dunlop, lugar en el que quise sacar el celular para tomar una foto y me di cuenta de que gone, donzo, murió, caput, desapareció forever, rip a casi un lustro de fidelidad celular.

Tomé las fotos con mi cámara y Mickael hacía lo propio con su celular. Por si no han leído la entrada anterior, Mickael ya sabe quién es Cortázar porque yo me encargué de contarle todo lo que pude en cada parada de la ruta, pero ahora estábamos en el edificio en el que murió.

- ¿Vamos a entrar?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no se puede, ahora es el departamento de alguien que no conocemos.
- Entonces por qué venimos a un lugar al que no podemos entrar.

Un poco así resumo a la literatura.  No todos pueden comprender por qué tenemos esta fijación con los libros y con estas historias que no existen.  Para nosotros, durante la hora en que estamos sumergidos en la lectura es lo único que hay en el mundo y ese día mi mundo se paralizó cuando leí:


Aquí vivió
JULIO CORTÁZAR
1914 – 1984
Escritor argentino
naturalizado francés
autor de “Rayuela”


Aquí vivió el escritor que cambió mi vida y confieso que no tenía intención de entrar, sin embargo al primer departamento, el que tuvo con Aurora, sí, porque hubiese visitado a un par de amigos, pero nada, el siguiente paso era visitar el lugar donde reposa hoy.  Así llegamos a Montparnasse, luego de comer un 'croque monsieur' en la banca de un parque en la que descansaba un libro de Julio Verne que dejé ahí no por honradez pero porque estaba en francés y porque no tenía escrito en ningún lado que era un libro libre.  

En el cementerio están preparados para recibir centenares de curiosos; con el mapa en la mano hicimos la primera parada en la tumba de Cortázar y Dunlop: cigarrillos, billetes de metro, audífonos, flores secas y muchas notas escritas en varios idiomas sobre el mármol.  Le dejé una carta que escondí en una zanja entre su tumba y la de Carol, y en lugar de ponerme sentimental, me puse a pensar que hubiese sido una gran idea llevar una escobilla y un trapo para limpiar su tumba.




Sobre Susan Sontag yacía una sola rosa lila. La de Baudelaire estaba llena de besos, poemas y flores artificiales.  Seguimos con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, llena de besos, corazones dibujados sobre la piedra, tickets de metro y unas cuantas flores: “Ella también era feminista, como Sontag”.  Sólo al llegar a la tumba de Marguerite Duras ("¿Viste Hiroshima, mon amour? Ella la escribió el guión."): unas gafas, decenas de bolígrafos, flores y stickers de corazones; me doy cuenta de que los escritores no reciben a los mismos visitantes y comienzo a prestar atención.  En la tumba de Maupassant hay dulces, un caracol, un cuchillo y un anillo; en la de Vallejo un pomposo arreglo floral del Instituto Cervantes con los colores de la bandera de Perú.











¿Cuál es la causa de esta peregrinación mortecina? ¿Morbo o tributo? ¿Vamos a visitar a nuestros familiares también? Yo no, porque el cementerio me pone a cuestionarme cosas que no quiero, y me acuerdo de los que ya no están conmigo y de que yo, más temprano que tarde, voy a ser el recuerdo de alguien. Ojalá.  Casi al final del recorrido encontramos a la señora que nos ayudó a encontrar a Maupassant.  Su familia está enterrada en Montparnasse desde antes de la revolución francesa y se conoce todo el cementerio; nos contó hasta dónde llegaba, nos señaló el molino en el que mujeres de la “mala vida” bailaban, y nos conversó sobre algunos de sus muertos preferidos.  Ella no estaba allí para hacer turismo necrológico pero tampoco le molestaba su existencia.  Para el registro, he estado en París dos veces y tengo que decir que los franceses que he conocido son gente muy agradable.

- ¿Te parece si ahora vamos a un lugar más alegre?
- Me parece.
- Gracias, qué gentil eres.
- Como siempre –digo mientras me río.
- No, como siempre no –ríe Mickael más alto aún.

Nos tomamos un cocktail y nos enrumbamos hacia la Torre Eiffel porque nunca la había visto iluminada.  Escribo desde Madrid como una turista china con el síndrome de París.



Lectura recomendada: Contra la interpretación, ensayo de Susan Sontag.

lunes, 20 de abril de 2015

Bitácora de viaje: París, el mercado de pulgas y la venta de las lámparas

Voy lenta con la bitácora porque: a) a veces no me es posible conectarme, b) escribir desde el celular es molesto, c) estoy de vacaciones y la idea es salir a pasear, d) todas las anteriores.  Escribí en un papel la bitácora del vuelo perdido de Lisboa a Madrid pero esta historia con la que comienza mi viaje a París está bastante mejor.  Debo, eso sí, la entrada sobre Fernando Pessoa y el romance que Lisboa tiene con él y el que este tenía con Lisboa.

Mi llegada a París comienza con el intento de robo de mi equipaje en el Gard du Nord, pero esa historia ya pasó, no perdí nada y al final me sentí como la Mujer Maravilla cuando vence al mal, sin el traje, claro, porque París está helado.  El sábado por la noche luego de la mala experiencia decidí quedarme en el hotel y pensar qué hacer el domingo: decicí visitar mercados e ir a ver a los “bouquinistes” de Paris, es decir, los vendedores de libros viejos que se asientan cerca de las orillas del Sena.

“El Marché aux puces es el que está más cerca”, me dijo la chica de la recepción del hotel.  "Cuando salgas de la estación Porte de Clignancourt avanza con la gente".  Así encontré el mercado de pulgas, no solamente francesas, porque las tiendas tienen antigüedades de Oriente y Occidente.  Ingresé por la puerta que estaba en la Rue Jean-Michel Fabre y avancé por la ruta de las antigüedades que tienen letreros que advierten no tomar fotos con la cámara, ni con el celular, pero en la tienda de Mickael, hijo de un español y una francesa, no, es más, me invitó a pasar y a tomar fotos, luego conversamos y quedamos en cenar.

Comencé a caminar y de repente sentí que estaba caminando entre los recuerdos de otras personas, en un gran museo de la inocencia, y tal como lo hiciera el Nobel turco, Orhan Pamuk, cuando escribió este libro, comencé a comprar cosas que reconstruyeran a una persona salida de la ficción, así que ahora soy amiga imaginaria de Marie, una mujer que vivió dos guerras mundiales y cuyas fotos, postales, libros y billetes alemanes, ahora tengo yo.




A las cinco de la tarde regresé a ver cómo iba Mickael con su día.  Llegué un minuto antes de que entraran un par de compradores chinos con su traductora y me encontré en la mitad de una negociación en cuatro idiomas:  1,500€ / no, 1,200 / imposible, dile que 1,400 y que es bronce y que los cristales son originales y que son piezas de fines del siglo XIX en excelente estado / 1,300 / (yo por mi cuenta respondí: no) / está bien 1,400, pero envuelva todos los cristales. Regresamos en una hora, estamos de apuro para llegar al aeropuerto.

Acto seguido, este hombre sirvió dos tazas de té, puso música, cruzó la pierna y se sentó a conversar y yo lo único que quería era que desprendiera esas lámparas de una buena vez para empezar a embalar porque en el impulso de la negociación acepté envolver uno por uno los cristales, así que debía quedarme a ayudar.  Los chinos llegaron antes de la hora y nosotros, que habíamos atendido dos clientes más, por supuesto que no habíamos terminado de empacar las lámparas.  Nervios.  Ataque de risa. Foto de la trabajadora del mes.  Chino arrodillado embalando su propia lámpara.




Entregamos los “objects anciens” a los clientes, cerramos la tienda y nos sentamos a tomar vino de Provence y a conversar.  Resulta que Mickael tiene mi edad, bueno tres semanas menos que yo "tú eres más vieja", una hermana que tiene la misma diferencia de edad que tenemos mi hermano y yo, papás casados hasta ahora, familia longeva, cambio total de su estilo de vida a partir de darle un giro a su negocio, ambos hablamos italiano, vemos películas con subtítulos, nuestra última relación formal terminó por el mismo motivo.  Seguiría pero resumo: en la mitad de la charla sentí que Mickael y yo compartíamos muchos de los objetos de nuestro museo de la inocencia.

Tomamos el coche y fuimos a parar al Sacré Couer: bullicioso, sucio, aún así hermoso.  Buscando parqueo encontramos el mercado de Monsieur Collignon, el villano de Amelié, por supuesto que me tomé foto.  Luego cenamos, subimos el funicular de Montmartre, vimos la torre Eiffel encendida y nos sentamos a tomar té en la plaza en donde los pintores casi a la medianoche seguían trabajando.  




Adelaida: Pidámosle al señor que nos tome una foto.
Mickael: Muy bien,
Adelaida: Pero déjame arreglarme el cabello.
Mickael: ¿A ver?, -sujeta mi cabello hacia atrás -está mejor así.
Adelaida: Ay, no importa. Así como está, está bien.
Mickael: No, no, a mi sí me importa porque es mi foto.




Ajá, a Mickael le importa todo.  Quiere vivir 110 años porque todavía hay muchas cosas que quiere hacer y que quiere ver; a su departamento le hace falta un cuadro, a su balcón le hacen falta flores y a él le hace falta ser papá y una mujer que quiera vivir 110 años porque tiene muchas cosas para contarle. El martes o miércoles iremos a hacer la ruta de Cortázar aunque nunca haya escuchado de él.


En la última parada le regalaré Marelle.

Libro recomendado: Pequeños poemas en prosa (el spleen de Paris) de Baudelaire.

miércoles, 15 de abril de 2015

Bitácora de viaje: Lisboa

Tener miedo a que te nieguen una visa debe de ser uno de los temores más ridículos que pueda imaginar, sin embargo los ecuatorianos, no todos, soy enemiga de las generalizaciones, llegamos a las embajadas y consulados a veces hasta con los dedos de los pies cruzados para poder aspirar a salir del país como turistas.  Yo siempre me presento intranquila porque aparte de que el dinero en mi cuenta no abunda, soy profesional independiente, y justificar que vives de hacer cultura es como intentar justificar la existencia de Dios a un ateo. 

Así que me dieron la visa sin saber ni qué iba a hacer con ella, y pedí un mes por el simple hecho de que subirme en un avión por treinta minutos es un suplicio, imaginen cruzar el océano. En un mes, no se me olvida el trauma de haber llegado, pero al menos lo he cubierto con amigos, comida y paisaje.  En el avión, mi compañero de viaje fue un curita jovencito que acompañaba a un grupo de feligreses a Medjugorje, Lourdes, Vaticano y no sé, eso, ciudades de su interés. El cura me hizo perder en el Sudoku, pero cómo decirle a un hombre santo que no se meta en mi juego, así como yo no le interrumpía el rezo de las oraciones que leía desde su iPad mini. 

Aterricé en Madrid, molida por el insomnio y vencida por el terror a volar, ese que se siente físicamente en los músculos contraídos en cuello y hombros, esperé seis horas y me subí a otro avión para llegar a Lisboa. Como dato viajero: el portugués de Brasil no es el portugués de Portugal, como el italiano del sur no es el del norte. En Portugal me declaré hispanohablante por la primera noche, cero esfuerzo de mi parte, cero como turista. Pero el ciudadano portugués sabe hablar al menos un idioma que puede ser inglés, francés, italiano o alemán. Un habitante de Lisboa que no ha terminado la educación básica sabe que hablar más de un idioma le da ventaja, así que lo aprende. Sin embargo, esta gente esa cálida y al final es inevitable terminar la noche sin decir: muito obrigada. 

Quisiera describir Lisboa pero me quedaría corta, porque esta ciudad fue fundada hace 3000 años y aunque se le ven las arrugas, qué bien le sientan.  Tierra de marineros que entrenaron a Colón, fusión de culturas y religiones, de dictadores que inspiraron a J.K.Rowling para crear a sus villanos, de próceres poetas, de amores contrariados, de reyes que hicieron de Portugal una potencia mundial y de reyes que lo perdieron todo, de fado, de Alfama y Belém.  Así camino Lisboa y ahora leo su literatura con otros ojos, si fuera posible, prestando los ojos de uno de los alter egos del poeta Fernando Pessoa, sintiendo saudade por esta ciudad que no he dejado aún. 

Lectura recomendada: El libro del desasosiego de Fernando Pessoa.



sábado, 21 de marzo de 2015

Día mundial de la poesía

Yo no soy poeta. Quisiera serlo. Quisiera tener la intensidad y sensibilidad suficientes para que mi lengua pueda jugar con las palabras y escribir versos que se queden suspendidos en el universo de Vallejo y de Huidobro, pero yo no soy poeta, y la poesía y yo nos enfrascamos en constantes peleas, y por eso no quiero a la poesía, porque sé de hecho que siempre me va a ganar.  Así que en lugar de escribir letras, dibujo números, y los números no hacen poesía, y hoy, es el día de la poesía, así que le robo estas líneas a César Calvo para ustedes. Espero que las disfruten.

Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fraternos a los hombres,
o sea para intentarlo,
o sea para que la poesía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sentirnos el centro del mundo.
Se escribe un poema para ahuyentar a una muchacha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.
Se escribe un poema para que los maridos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acompañe,
para no estar tan inexplicablemente solos.
Se escribe un poema para duplicar el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nuestra tía más querida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para rascarse la barriga en la playa,
para emborracharse en Surquillo sin que a uno lo asalten los señores chaveteros,
para darse un descanso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura, para que a uno le consientan todo
para que a uno no le consientan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psiquiatras no nos cobren,
y para que aquella rubia se sienta inmortalmente poseída
y para que los hermanos como Ángel Avendaño no sientan tanto frío en las prisiones,
y para que el general Velasco lea estas líneas
y sepa que Avendaño sigue preso
por orden de una culebra disfrazada.
Y se escribe un poema para viajar a los congresos de escritores
con todos los gastos pagados,
y para ponerle el cascabel al gato,
y para poder comer con la mano en los salones si nos viene en gana,
y para morirse de hambre
y también para no morirse de hambre,
y para quedar como un perfecto cojudo en todas partes,
y para usar calzoncillos de colores sin que se nos acuse de maricas,
y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con sus novias
creyendo que lo somos.
También se escribe un poema para no afeitarse nunca,
para ir al baño sin remordimientos,
para ir al comedor sin remordimientos
para ir al dormitorio sin remordimientos,
y se escribe un poema para sentirse culpable de todo
y con esos materiales llegar a escribir algún poema.
Y también se escribe un poema para reírse a gritos.
Y para vivir también se escribe un poema.
Y para tener un pretexto para no vivir,
etcétera.
Y a propósito de etcétera:
Se escribe un poema para no escribir cosas peores, como cartas de amor,
cartas financieras, facturas por pagar, tratados de filosofía miraflorina.
Y se escribe un poema por incapacidad,
cuando se ha fracasado como wing derecho en la selección del colegio,
cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para intensificar la vida,
como dice Stefano Varese.
Y se escribe un poema finalmente, se escribe un poema
para que en algún lugar del mundo, mañana o
dentro de veinte años,
la pareja que está por suicidarse alcance a leerlo, y desista, desista por
lo menos unos días, y comprenda que la vida es siempre hermosa
a pesar de la vida... y a pesar del poema.
(César Calvo Soriano 1940-2000)

miércoles, 11 de marzo de 2015

Il Piccolo Principe

Me arriesgo a lanzar una generalización temeraria, pero me parece que todos hemos leído "El Principito" alguna vez en la vida, y esa vez, probablemente fue cuando éramos pequeños.  Yo leí esta historia cuando estaba en la escuela, en una edición de pasta dura del Círculo de Lectores que aún conservo en mi biblioteca, la misma que volví a abrir hace unos dos años cuando decidí reencontrarme con el pequeño príncipe.

Yo casi siempre lloro con los libros que me gustan, y ojo, no solo cuando son trágicos, lloro como Monterroso, cuando una línea está magistralmente escrita, me rindo ante el escritor y entro en el misterioso país de las lágrimas del que habla el narrador de "El Principito", pero hace dos años recuerdo haber llorado, y espero con esta confesión no arruinarles el libro, en el capítulo de la serpiente.  El resto juro que me mantuve incólume.

Hace un par de años también leí en algún lugar la palabra "twitteratura", y buscando el significado di con un grupo de italianos apasionados por la literatura que se reunían en una cuenta de twitter que se llama @twletteratura.  Los contacté para mi festival de Ciudad Mínima y he seguido su extraordinario trabajo por promover la lectura dentro y fuera de redes sociales, y así es como hoy, gracias a Edo, Paolo, Iuri y Pierluigi, los invito a releer "El Principito" desde su experiencia de adulto, pero con los ojos con los que veían "cuando eran niños".

Por tratarse de una lectura colectiva internacional que está subiendo todos los días comentarios por capítulo en tres idiomas, el HT unificado es #PetitPrince.  A lado del HT deben colocar el capítulo al que hacen referencia, y les pongo un ejemplo:

Los invito entonces a leer y comentar un capítulo por día, como si de un mini club de lectura se tratase, con la ventaja de poder ir despacio con la lectura y detenernos a admirar la filosofía plasmada por Saint-Exupéry en este libro que no tiene etiqueta de edad para ser leído, si son atrevidos pueden darle un vistazo a lo que opinan los niños de las escuelas primarias italianas participantes, y déjense sorprender por líneas dignas de pequeños príncipes, que los dejarán pensando.  

Si leen esta entrada hoy, 12 de marzo, vamos por el capítulo 11. ¿Se nos unen?

Aquí les dejo un enlace para seguir la lectura