martes, 28 de abril de 2015

Bitácora de viaje: Montparnasse y los escritores

Regreso al reporte de la travesía.  Estoy en Madrid, pero esa entrada la voy a posponer para escribir sobre Julio Cortázar y mi visita a París.  No sé cuántas personas lo sepan, pero yo decidí dejar todo lo que había hecho en la vida para escribir inmediatamente después de la lectura de “Todos los fuegos el fuego”, ¿por qué? Porque nunca había leído algo así, algo que me hiciera fruncir el entrecejo mientras retrocedía un par de páginas para comprender lo que sucedía.  De esta manera fue como quise sentarme a escribir un libro de cuentos, pero también regresar a París para visitar a Julio Florencio. Estas líneas, entonces, son la dedicatoria extendida para el Maestro, por sus cuentos, por la fantasía, por la evasión y por el próximo reencuentro.

El día empezó con el robo de mi celular en la entrada del hotel, pero “solo es algo material” retumbaba en mi cabeza, así que no dejé que el incidente me arruinara la jornada, menos cuando la primera parada de mi recorrido fue la última residencia de Cortázar junto a Carol Dunlop, lugar en el que quise sacar el celular para tomar una foto y me di cuenta de que gone, donzo, murió, caput, desapareció forever, rip a casi un lustro de fidelidad celular.

Tomé las fotos con mi cámara y Mickael hacía lo propio con su celular. Por si no han leído la entrada anterior, Mickael ya sabe quién es Cortázar porque yo me encargué de contarle todo lo que pude en cada parada de la ruta, pero ahora estábamos en el edificio en el que murió.

- ¿Vamos a entrar?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no se puede, ahora es el departamento de alguien que no conocemos.
- Entonces por qué venimos a un lugar al que no podemos entrar.

Un poco así resumo a la literatura.  No todos pueden comprender por qué tenemos esta fijación con los libros y con estas historias que no existen.  Para nosotros, durante la hora en que estamos sumergidos en la lectura es lo único que hay en el mundo y ese día mi mundo se paralizó cuando leí:


Aquí vivió
JULIO CORTÁZAR
1914 – 1984
Escritor argentino
naturalizado francés
autor de “Rayuela”


Aquí vivió el escritor que cambió mi vida y confieso que no tenía intención de entrar, sin embargo al primer departamento, el que tuvo con Aurora, sí, porque hubiese visitado a un par de amigos, pero nada, el siguiente paso era visitar el lugar donde reposa hoy.  Así llegamos a Montparnasse, luego de comer un 'croque monsieur' en la banca de un parque en la que descansaba un libro de Julio Verne que dejé ahí no por honradez pero porque estaba en francés y porque no tenía escrito en ningún lado que era un libro libre.  

En el cementerio están preparados para recibir centenares de curiosos; con el mapa en la mano hicimos la primera parada en la tumba de Cortázar y Dunlop: cigarrillos, billetes de metro, audífonos, flores secas y muchas notas escritas en varios idiomas sobre el mármol.  Le dejé una carta que escondí en una zanja entre su tumba y la de Carol, y en lugar de ponerme sentimental, me puse a pensar que hubiese sido una gran idea llevar una escobilla y un trapo para limpiar su tumba.




Sobre Susan Sontag yacía una sola rosa lila. La de Baudelaire estaba llena de besos, poemas y flores artificiales.  Seguimos con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, llena de besos, corazones dibujados sobre la piedra, tickets de metro y unas cuantas flores: “Ella también era feminista, como Sontag”.  Sólo al llegar a la tumba de Marguerite Duras ("¿Viste Hiroshima, mon amour? Ella la escribió el guión."): unas gafas, decenas de bolígrafos, flores y stickers de corazones; me doy cuenta de que los escritores no reciben a los mismos visitantes y comienzo a prestar atención.  En la tumba de Maupassant hay dulces, un caracol, un cuchillo y un anillo; en la de Vallejo un pomposo arreglo floral del Instituto Cervantes con los colores de la bandera de Perú.











¿Cuál es la causa de esta peregrinación mortecina? ¿Morbo o tributo? ¿Vamos a visitar a nuestros familiares también? Yo no, porque el cementerio me pone a cuestionarme cosas que no quiero, y me acuerdo de los que ya no están conmigo y de que yo, más temprano que tarde, voy a ser el recuerdo de alguien. Ojalá.  Casi al final del recorrido encontramos a la señora que nos ayudó a encontrar a Maupassant.  Su familia está enterrada en Montparnasse desde antes de la revolución francesa y se conoce todo el cementerio; nos contó hasta dónde llegaba, nos señaló el molino en el que mujeres de la “mala vida” bailaban, y nos conversó sobre algunos de sus muertos preferidos.  Ella no estaba allí para hacer turismo necrológico pero tampoco le molestaba su existencia.  Para el registro, he estado en París dos veces y tengo que decir que los franceses que he conocido son gente muy agradable.

- ¿Te parece si ahora vamos a un lugar más alegre?
- Me parece.
- Gracias, qué gentil eres.
- Como siempre –digo mientras me río.
- No, como siempre no –ríe Mickael más alto aún.

Nos tomamos un cocktail y nos enrumbamos hacia la Torre Eiffel porque nunca la había visto iluminada.  Escribo desde Madrid como una turista china con el síndrome de París.



Lectura recomendada: Contra la interpretación, ensayo de Susan Sontag.

lunes, 20 de abril de 2015

Bitácora de viaje: París, el mercado de pulgas y la venta de las lámparas

Voy lenta con la bitácora porque: a) a veces no me es posible conectarme, b) escribir desde el celular es molesto, c) estoy de vacaciones y la idea es salir a pasear, d) todas las anteriores.  Escribí en un papel la bitácora del vuelo perdido de Lisboa a Madrid pero esta historia con la que comienza mi viaje a París está bastante mejor.  Debo, eso sí, la entrada sobre Fernando Pessoa y el romance que Lisboa tiene con él y el que este tenía con Lisboa.

Mi llegada a París comienza con el intento de robo de mi equipaje en el Gard du Nord, pero esa historia ya pasó, no perdí nada y al final me sentí como la Mujer Maravilla cuando vence al mal, sin el traje, claro, porque París está helado.  El sábado por la noche luego de la mala experiencia decidí quedarme en el hotel y pensar qué hacer el domingo: decicí visitar mercados e ir a ver a los “bouquinistes” de Paris, es decir, los vendedores de libros viejos que se asientan cerca de las orillas del Sena.

“El Marché aux puces es el que está más cerca”, me dijo la chica de la recepción del hotel.  "Cuando salgas de la estación Porte de Clignancourt avanza con la gente".  Así encontré el mercado de pulgas, no solamente francesas, porque las tiendas tienen antigüedades de Oriente y Occidente.  Ingresé por la puerta que estaba en la Rue Jean-Michel Fabre y avancé por la ruta de las antigüedades que tienen letreros que advierten no tomar fotos con la cámara, ni con el celular, pero en la tienda de Mickael, hijo de un español y una francesa, no, es más, me invitó a pasar y a tomar fotos, luego conversamos y quedamos en cenar.

Comencé a caminar y de repente sentí que estaba caminando entre los recuerdos de otras personas, en un gran museo de la inocencia, y tal como lo hiciera el Nobel turco, Orhan Pamuk, cuando escribió este libro, comencé a comprar cosas que reconstruyeran a una persona salida de la ficción, así que ahora soy amiga imaginaria de Marie, una mujer que vivió dos guerras mundiales y cuyas fotos, postales, libros y billetes alemanes, ahora tengo yo.




A las cinco de la tarde regresé a ver cómo iba Mickael con su día.  Llegué un minuto antes de que entraran un par de compradores chinos con su traductora y me encontré en la mitad de una negociación en cuatro idiomas:  1,500€ / no, 1,200 / imposible, dile que 1,400 y que es bronce y que los cristales son originales y que son piezas de fines del siglo XIX en excelente estado / 1,300 / (yo por mi cuenta respondí: no) / está bien 1,400, pero envuelva todos los cristales. Regresamos en una hora, estamos de apuro para llegar al aeropuerto.

Acto seguido, este hombre sirvió dos tazas de té, puso música, cruzó la pierna y se sentó a conversar y yo lo único que quería era que desprendiera esas lámparas de una buena vez para empezar a embalar porque en el impulso de la negociación acepté envolver uno por uno los cristales, así que debía quedarme a ayudar.  Los chinos llegaron antes de la hora y nosotros, que habíamos atendido dos clientes más, por supuesto que no habíamos terminado de empacar las lámparas.  Nervios.  Ataque de risa. Foto de la trabajadora del mes.  Chino arrodillado embalando su propia lámpara.




Entregamos los “objects anciens” a los clientes, cerramos la tienda y nos sentamos a tomar vino de Provence y a conversar.  Resulta que Mickael tiene mi edad, bueno tres semanas menos que yo "tú eres más vieja", una hermana que tiene la misma diferencia de edad que tenemos mi hermano y yo, papás casados hasta ahora, familia longeva, cambio total de su estilo de vida a partir de darle un giro a su negocio, ambos hablamos italiano, vemos películas con subtítulos, nuestra última relación formal terminó por el mismo motivo.  Seguiría pero resumo: en la mitad de la charla sentí que Mickael y yo compartíamos muchos de los objetos de nuestro museo de la inocencia.

Tomamos el coche y fuimos a parar al Sacré Couer: bullicioso, sucio, aún así hermoso.  Buscando parqueo encontramos el mercado de Monsieur Collignon, el villano de Amelié, por supuesto que me tomé foto.  Luego cenamos, subimos el funicular de Montmartre, vimos la torre Eiffel encendida y nos sentamos a tomar té en la plaza en donde los pintores casi a la medianoche seguían trabajando.  




Adelaida: Pidámosle al señor que nos tome una foto.
Mickael: Muy bien,
Adelaida: Pero déjame arreglarme el cabello.
Mickael: ¿A ver?, -sujeta mi cabello hacia atrás -está mejor así.
Adelaida: Ay, no importa. Así como está, está bien.
Mickael: No, no, a mi sí me importa porque es mi foto.




Ajá, a Mickael le importa todo.  Quiere vivir 110 años porque todavía hay muchas cosas que quiere hacer y que quiere ver; a su departamento le hace falta un cuadro, a su balcón le hacen falta flores y a él le hace falta ser papá y una mujer que quiera vivir 110 años porque tiene muchas cosas para contarle. El martes o miércoles iremos a hacer la ruta de Cortázar aunque nunca haya escuchado de él.


En la última parada le regalaré Marelle.

Libro recomendado: Pequeños poemas en prosa (el spleen de Paris) de Baudelaire.

miércoles, 15 de abril de 2015

Bitácora de viaje: Lisboa

Tener miedo a que te nieguen una visa debe de ser uno de los temores más ridículos que pueda imaginar, sin embargo los ecuatorianos, no todos, soy enemiga de las generalizaciones, llegamos a las embajadas y consulados a veces hasta con los dedos de los pies cruzados para poder aspirar a salir del país como turistas.  Yo siempre me presento intranquila porque aparte de que el dinero en mi cuenta no abunda, soy profesional independiente, y justificar que vives de hacer cultura es como intentar justificar la existencia de Dios a un ateo. 

Así que me dieron la visa sin saber ni qué iba a hacer con ella, y pedí un mes por el simple hecho de que subirme en un avión por treinta minutos es un suplicio, imaginen cruzar el océano. En un mes, no se me olvida el trauma de haber llegado, pero al menos lo he cubierto con amigos, comida y paisaje.  En el avión, mi compañero de viaje fue un curita jovencito que acompañaba a un grupo de feligreses a Medjugorje, Lourdes, Vaticano y no sé, eso, ciudades de su interés. El cura me hizo perder en el Sudoku, pero cómo decirle a un hombre santo que no se meta en mi juego, así como yo no le interrumpía el rezo de las oraciones que leía desde su iPad mini. 

Aterricé en Madrid, molida por el insomnio y vencida por el terror a volar, ese que se siente físicamente en los músculos contraídos en cuello y hombros, esperé seis horas y me subí a otro avión para llegar a Lisboa. Como dato viajero: el portugués de Brasil no es el portugués de Portugal, como el italiano del sur no es el del norte. En Portugal me declaré hispanohablante por la primera noche, cero esfuerzo de mi parte, cero como turista. Pero el ciudadano portugués sabe hablar al menos un idioma que puede ser inglés, francés, italiano o alemán. Un habitante de Lisboa que no ha terminado la educación básica sabe que hablar más de un idioma le da ventaja, así que lo aprende. Sin embargo, esta gente esa cálida y al final es inevitable terminar la noche sin decir: muito obrigada. 

Quisiera describir Lisboa pero me quedaría corta, porque esta ciudad fue fundada hace 3000 años y aunque se le ven las arrugas, qué bien le sientan.  Tierra de marineros que entrenaron a Colón, fusión de culturas y religiones, de dictadores que inspiraron a J.K.Rowling para crear a sus villanos, de próceres poetas, de amores contrariados, de reyes que hicieron de Portugal una potencia mundial y de reyes que lo perdieron todo, de fado, de Alfama y Belém.  Así camino Lisboa y ahora leo su literatura con otros ojos, si fuera posible, prestando los ojos de uno de los alter egos del poeta Fernando Pessoa, sintiendo saudade por esta ciudad que no he dejado aún. 

Lectura recomendada: El libro del desasosiego de Fernando Pessoa.



sábado, 21 de marzo de 2015

Día mundial de la poesía

Yo no soy poeta. Quisiera serlo. Quisiera tener la intensidad y sensibilidad suficientes para que mi lengua pueda jugar con las palabras y escribir versos que se queden suspendidos en el universo de Vallejo y de Huidobro, pero yo no soy poeta, y la poesía y yo nos enfrascamos en constantes peleas, y por eso no quiero a la poesía, porque sé de hecho que siempre me va a ganar.  Así que en lugar de escribir letras, dibujo números, y los números no hacen poesía, y hoy, es el día de la poesía, así que le robo estas líneas a César Calvo para ustedes. Espero que las disfruten.

Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fraternos a los hombres,
o sea para intentarlo,
o sea para que la poesía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sentirnos el centro del mundo.
Se escribe un poema para ahuyentar a una muchacha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.
Se escribe un poema para que los maridos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acompañe,
para no estar tan inexplicablemente solos.
Se escribe un poema para duplicar el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nuestra tía más querida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para rascarse la barriga en la playa,
para emborracharse en Surquillo sin que a uno lo asalten los señores chaveteros,
para darse un descanso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura, para que a uno le consientan todo
para que a uno no le consientan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psiquiatras no nos cobren,
y para que aquella rubia se sienta inmortalmente poseída
y para que los hermanos como Ángel Avendaño no sientan tanto frío en las prisiones,
y para que el general Velasco lea estas líneas
y sepa que Avendaño sigue preso
por orden de una culebra disfrazada.
Y se escribe un poema para viajar a los congresos de escritores
con todos los gastos pagados,
y para ponerle el cascabel al gato,
y para poder comer con la mano en los salones si nos viene en gana,
y para morirse de hambre
y también para no morirse de hambre,
y para quedar como un perfecto cojudo en todas partes,
y para usar calzoncillos de colores sin que se nos acuse de maricas,
y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con sus novias
creyendo que lo somos.
También se escribe un poema para no afeitarse nunca,
para ir al baño sin remordimientos,
para ir al comedor sin remordimientos
para ir al dormitorio sin remordimientos,
y se escribe un poema para sentirse culpable de todo
y con esos materiales llegar a escribir algún poema.
Y también se escribe un poema para reírse a gritos.
Y para vivir también se escribe un poema.
Y para tener un pretexto para no vivir,
etcétera.
Y a propósito de etcétera:
Se escribe un poema para no escribir cosas peores, como cartas de amor,
cartas financieras, facturas por pagar, tratados de filosofía miraflorina.
Y se escribe un poema por incapacidad,
cuando se ha fracasado como wing derecho en la selección del colegio,
cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para intensificar la vida,
como dice Stefano Varese.
Y se escribe un poema finalmente, se escribe un poema
para que en algún lugar del mundo, mañana o
dentro de veinte años,
la pareja que está por suicidarse alcance a leerlo, y desista, desista por
lo menos unos días, y comprenda que la vida es siempre hermosa
a pesar de la vida... y a pesar del poema.
(César Calvo Soriano 1940-2000)

miércoles, 11 de marzo de 2015

Il Piccolo Principe

Me arriesgo a lanzar una generalización temeraria, pero me parece que todos hemos leído "El Principito" alguna vez en la vida, y esa vez, probablemente fue cuando éramos pequeños.  Yo leí esta historia cuando estaba en la escuela, en una edición de pasta dura del Círculo de Lectores que aún conservo en mi biblioteca, la misma que volví a abrir hace unos dos años cuando decidí reencontrarme con el pequeño príncipe.

Yo casi siempre lloro con los libros que me gustan, y ojo, no solo cuando son trágicos, lloro como Monterroso, cuando una línea está magistralmente escrita, me rindo ante el escritor y entro en el misterioso país de las lágrimas del que habla el narrador de "El Principito", pero hace dos años recuerdo haber llorado, y espero con esta confesión no arruinarles el libro, en el capítulo de la serpiente.  El resto juro que me mantuve incólume.

Hace un par de años también leí en algún lugar la palabra "twitteratura", y buscando el significado di con un grupo de italianos apasionados por la literatura que se reunían en una cuenta de twitter que se llama @twletteratura.  Los contacté para mi festival de Ciudad Mínima y he seguido su extraordinario trabajo por promover la lectura dentro y fuera de redes sociales, y así es como hoy, gracias a Edo, Paolo, Iuri y Pierluigi, los invito a releer "El Principito" desde su experiencia de adulto, pero con los ojos con los que veían "cuando eran niños".

Por tratarse de una lectura colectiva internacional que está subiendo todos los días comentarios por capítulo en tres idiomas, el HT unificado es #PetitPrince.  A lado del HT deben colocar el capítulo al que hacen referencia, y les pongo un ejemplo:

Los invito entonces a leer y comentar un capítulo por día, como si de un mini club de lectura se tratase, con la ventaja de poder ir despacio con la lectura y detenernos a admirar la filosofía plasmada por Saint-Exupéry en este libro que no tiene etiqueta de edad para ser leído, si son atrevidos pueden darle un vistazo a lo que opinan los niños de las escuelas primarias italianas participantes, y déjense sorprender por líneas dignas de pequeños príncipes, que los dejarán pensando.  

Si leen esta entrada hoy, 12 de marzo, vamos por el capítulo 11. ¿Se nos unen?

Aquí les dejo un enlace para seguir la lectura

jueves, 19 de febrero de 2015

Reto Libro 2015

Esta entrada debería llamarse mi vida y mis deudas, porque hace un mes o más debí haber subido una guía para poder cumplir con el reto que supone que nos concentremos en la meta de leer más.  Para qué, no sé.  Cada quien tiene su objetivo personal.  Habrá quien no lee nada y quiera dedicarle tiempo a este fin, como habrá quien era lector y ahora ya no lo es porque, por un motivo u otro, se desconectó de los libros.  Yo lo hago porque he cedido mi vida a la vida universitaria, y si bien estudio literatura y leo títulos estupendos y además tengo el lujo de tener maestros que me acompañan en esas lecturas, me duele dejar de lado mis lecturas contemporáneas y escudarme en el “no tengo tiempo”, que a más de uno le resultará familiar.

Entonces en mi caso aceptar el reto libro ha sido por placer, porque leer me causa tanto placer como me lo causa el bailar, o ver una buena película, o salir con mis amigos, o viajar, o comer; y me pareció una buena idea motivarlos a que caigan conmigo en este plan.  Quien aceptó embarcarse, bien; a quien no le interesa, también; el que arrancó como caballo y paró como burro, bien; pero el que está feliz porque cerca, en su mesita de noche, tiene a un personaje que le cuida los sueños: pues mucho mejor.   Así que les dejo nuevamente las categorías para que refresquen la memoria, para que vean qué combinaciones pueden hacer para cumplir dos o tres retos en uno, y la idea no es cantidad, ni ir contando: voy uno, dos, diez; la idea es que encuentren espacio para leer y para ser felices leyendo.  Así que no voy a sugerirles ningún título porque esto es cuestión de gustos y ahí si me desentiendo.  

Si quieren compartir sus experiencias lectoras pueden hacerlo con el HT #RetoLibro2015, y en los comentarios de este blog también pueden compartir los enlaces a sus reseñas de los libros que van leyendo, por ahí y encuentran a un lector que está buscándolas.

Y gracias, gracias a BlankiMonki y a su libro bloguero, ya que por ellos me verán más seguido por este barrio 593. 

Un libro clásico
Un libro de más de 500 páginas
Un libro que se haya adaptado al cine
Un libro de un escritor ecuatoriano
Un libro de un escritor menor de 30 años
Un libro con personajes no humanos
Un libro de humor
Un libro escrito por una mujer
Un libro cuyo título sea un nombre propio
Un libro de no ficción
El primer libro de un escritor consagrado
Un libro de un autor que no hayas leído nunca
Un libro ganador de un premio literario
Un libro que debiste leer en la escuela y no lo hiciste
Un libro que puedas leer en un fin de semana
Un libro de poesía
Un libro que se desarrolle en un lugar que siempre hayas querido visitar
Un libro de un triángulo amoroso
Un libro de ciencia ficción
Una novela gráfica
Un libro escrito por un autor de oriente
Un libro que tengas y que no hayas leído
Un libro de un autor que vaya a visitar el país
Un libro prohibido
 
alfachackra

MajoseFC

andreitai
alma1307

CherryBlossom
daviatch
FaustoRocksYeah
gabbycarpio
jelcantante
Esther Burgos

diana_suzume
jfcarpio


jm_correia
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jomerizalde
killa_kani
manena
marcerojasg

mariasolborja

monaenbici
mscelleri
ninimariduena
sekas99
yulaicesar

soffiesta
sylviazul
temporalista

miércoles, 6 de agosto de 2014

Discurso

Para el taller de narrativa con Gilda Holst tuvimos que ensayar lo que diriamos si nos entregasen el Nobel. Hago la aclaración para que no piensen que enloquecí, así como también aclaro que esto sólo sería un fragmento del discurso.

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL NOBEL DE LITERATURA

En las vacaciones de la infancia, todos los primos de una edad relativamente cercana, nos sentábamos sin orden particular alrededor de una pesada mesa de guayacán, que dependiendo de los comensales se desplegaba y se hacía más grande aún.  En la cabecera siempre se sentaba mi tía abuela Colombia que era la única soltera de una extensa familia de inmigrantes que llegaron al Ecuador en la época del liberalismo, y que a pesar de ser muy hermosa, decidió no casarse después de haber asistido a un parto. 

Cuando eran bastante jóvenes, mi abuela y mis tíos, perdieron a sus dos padres, así que tuvieron que sobrevivir como pudieron.  Mi abuela, por ejemplo, a quien por actos de rebeldía la habían expulsado varias veces del colegio, dejó de estudiar y se dedicó a la costura.   No fue la única que tuvo que abandonar los estudios, pues estos dejaron de ser urgentes.  El tío Juan José, que era el mayor, y que había completado su formación, fue labrando una carrera exitosa en el comercio hasta convertirse en el Presidente de la fábrica de cigarrillos 'El Progreso', y fue quien se hizo cargo de las mujeres hasta que se casaron y formaron otra familia.  Algunos de los hombres se fueron a trabajar al campo.  Mi tía Colombia se dedicó a leer.

En su casa, heredada del tío Juan, había una habitación con una biblioteca a la que no entrábamos porque éramos miedosos, y la casa era antigua, fría, de techos altos, con pisos de linóleo, muebles de madera negra, vitrales, murciélagos y puertas que permanecían bajo llave.  Para entrar a la biblioteca, primero debíamos pasar por una de esas puertas, de la cual salían ruidos que nos hacían pensar que era una mala idea entrar, pero los primos más grandes entraban y nos describían esa habitación lúgubre, por la que apenas se filtraba la luz, y que a su vez contenía otra pequeña puerta en la que, decían ellos, se escuchaba cómo alguien arrastraba cosas.  La biblioteca además de guardar centenares de libros de literatura, geografía, historia y arte, conservaba las medallas de Gran Masón del tío Juan.  Con su muerte, las medallas, los libros y el miedo fueron desapareciendo.

Sin embargo, cuando éramos aún muy pequeños, y como seguramente la tía Colombia sabía que a nosotros se nos hacía difícil entrar a tomar los libros, nos acercaba a la lectura a su manera.  Una de las cosas que hacía era ponernos en fila y que cada uno de nosotros recitara una letra del ‘Alfabeto para un niño’ de José Joaquín de Olmedo, en coro, porque ella para apoyarnos, recitaba cada de una de las letras con nosotros; o nos sentaba alrededor de esa gran mesa a contarnos las historias de una Biblia ilustrada para niños, o las aventuras de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.  Después de la lectura hacía pausas, nos hacía preguntas, y luego teniamos pintar lo que más nos había gustado.  Cuando terminábamos, se tomaba el tiempo para encontrar algo digno de elogiar en cada uno de nuestros trabajos, que nunca eran menos de ocho; y escogía ilustraciones para guardarlas en el interior de un cuadernito de pasta dura escarlata, para luego mostrarlas a todo aquel que llegara a su casa a visitarla.

En ese cuaderno, mi tía había recogido el árbol genealógico de la familia, desde la llegada del primer Plaza en época de la Colonia, hasta una generación después de la mía.  Yo recuerdo con claridad que el cuaderno tenía dibujos, y un árbol obviamente, ataviando sus páginas con los retratos de cada uno de sus miembros, ilustrados por ella misma; pero lo que me llamaba la atención era que su árbol estaba escrito, y que narraba la llegada de cada integrante de la familia como una historia separada.  El último cuento le pertenecía a mi primer sobrino, a quien ella llamó ‘el pequeño Buddha’ por su aguda mirada y por la perfecta forma esférica de su cabeza.  Para mí, no fue Cervantes, ni Olmedo, el primer recuerdo que tengo de un escritor, sino mi tía Colombia.

No sé cuál era la motivación de su escritura pero no creo que diste de las mías.  Yo escribo porque no puedo contener el fondo dentro de mi forma.  Escribo porque las palabras acompañan a esa sensación de soledad que me asalta en las madrugadas.  Escribo porque tengo mala memoria y tengo un enfermizo apego por los recuerdos.  Escribo para encerrar mis ideas en un lugar de donde nunca puedan escapar.  Escribo para vencer mis miedos y a veces para vencerme a mí misma, y escribo porque es el único espacio en el que me siento a gusto cuando tengo ganas de gritar.

La tía Colombia murió a los 99 años enseñándonos desde su formación autodidacta a amar a los libros, y a mí, sin que ella lo supiera, me enseñó que debía tener un cuaderno en el que tenía que dejar escritas mis propias historias.  Nadie sabe dónde quedó el cuaderno de mi tía, y no sé si me atrevería a rastrear las huellas de mi familia desde su llegada a América porque ya no las recuerdo.  Lo que sí recuerdo vivamente es que la tía Colombia siempre dijo que quería que alguien de su familia fuese escritor, y hoy en donde sea que esté, espero que sonría porque uno de nosotros logró alcanzar su anhelo.