viernes, 18 de febrero de 2011

Eco

Termina mi jornada del martes -pienso -pero es lunes.  Así es, vivo tan rápido que no sé ni qué día estamos.  Siento alivio porque sé que eso te pasa a ti también.  Sigo. Salgo a la calle a comer algo que me llene.  Comida. Aclaro porque sé que me conoces y puedes estar pensando en otra cosa.  

Pero es San Valentín y los tiempos de espera en los restaurantes son de cuarenta minutos.  Me dio hambre en San Valentín.  ¡Que error!  No por el hambre, sino porque recuerdo que estás lejos.  Y tú sabes que no es la distancia física la que me preocupa.  Es la distancia.

¿Me estás esperando?  ¿Me estás engañando?  ¿Me estás matando?  Me tienes aquí llena de preguntas que no me atrevo a formular.  ¿Comiste bien?  ¿Avanzaste con tus obligaciones?  ¿Te presentaron a alguien?  Se me quitó el hambre.  Pero ya pasaron los cuarenta minutos y entro.  Recuerdo tu plato favorito y te huelo.  Aspiro recuerdos y me preocupa llenar los pulmones con ellos.  

Te llamo con el pensamiento.  Tú me llamas con el teléfono.  Mejor que el pensamiento- pienso.  Siempre mejor que yo- existo.  Con la llamada me devuelves el aliento que se me quedó en la entrada del restaurante.  Grito pero no escuchas nada.  Callamos.  Los dos nos estamos cuidando el corazón.   Tú más.  Yo menos.  Te extraño- digo antes de cerrar.  Pero ya no hay eco.  eco.  eco.

lunes, 27 de diciembre de 2010

37 conclusiones (borrador desvelado) (corregido y aumentado)

Para Alicia y para Adelaida
Feliz no cumpleaños

No puedo ver a un animal abandonado sin llorar.
Nadie puede hacerme ver una pelicula dirigida por Oliver Stone o en la que actúe Leo di Caprio.
Me afectan las arrugas, la deslealtad y el pasado.
La vida se va demasiado rápido como para pensar.
Quisiera saber decir "hasta aquí no mas".

No puedo aceptar las cosas a medias. Las cosas son blancas o negras.
Nadie me va a volver a empujar. Nadie me va a volver a empujar.
Me afecta la felicidad. Porque no-le-creo.
La muerte me asusta, pero la espero.
Quisiera tener alas.

No puedo caminar derecho. Pero debo parar de caminar en círculos.
Nadie me ha levantado del piso. Yo me levanto sola.
Me afectan los numeros. Mucho. Todos.
La vida me tienta. Sabe que me gusta apostar.
Quisiera saber medir las causas y las consecuencias.

No puedo dormir temprano. Pero sigo intentando.
Nadie me conoce bien. Ni siquiera yo.
Me afectan el perdon, la soledad.  La compañía.
La muerte se ríe más alto que la vida.
Quisiera tener 27 años otra vez.

No puedo permitir que el tiempo juegue conmigo.
Nadie tiene el poder de cambiarme.
Me afecta la distancia. Que estés lejos.
La vida ya no me debe nada.
Quisiera que tengas una varita mágica. Que seas tu. Yo no supe usarla.

Puedo reírme tanto, tanto, que me duelen todos los músculos de la cara, los dientes, la quijada.
Todos y en el momento más difícil, pueden contar conmigo.
Me favorecen los años. Pero me ha costado.
La vida y la muerte me intrigan, me piensan, me olvidan, me pasan.
Quisiera que me aprietes hasta dejarme sin aire.

Puedo todo lo que quiero.
Todos llegan a ser felices.  Todos conocen la infelicidad.
Me benefician las anécdotas que me contaban en la cocina de la abuela. Las extraño.
La muerte se escribe con la tinta de la vida.
Quisiera...  Tantas cosas quisiera.

Pero sólo queriendo no se logra nada.  Se logra actuando y arriesgando.
Y yo he actuado y me he arriesgado.  37 veces he actuado.  37 me he arriesgado.
...

domingo, 26 de diciembre de 2010

Sueño

Cierro los ojos y ahí está el hombre de mis sueños. Abro los ojos, y ahí, está el hombre de mis sueños.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Roto

A la salida, el especialista devolvió el dinero. No pudo reparar el corazón roto.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Sweeney Todd en Guayaquil

El teatro lleno, las luces bajan y el telón descubre una magnífica escenografía dinámica que mutará durante toda la obra.  Se escucha al coro preguntar “¿Sabed quién era Sweeney Todd?” Siento escalofríos.  Hay cuarenta personas en escena para interpretar el musical original del neoyorquino Stephen Sondheim.

Cuenta la leyenda que Sweeney Todd, el cruel barbero de Fleet Street existió aunque no ha sido comprobado.    Benjamin Barker, nombre original del protagonista regresa para vengarse del hombre que lo desterró y se quedó con su familia, asesinando a decenas de hombres con su navaja de afeitar hasta conseguir su cometido.  Su cómplice Mrs. Lovett es la encargada de desaparecer la evidencia, convirtiendo los cuerpos de sus víctimas en rellenos para pasteles.  La trama tiene giros inesperados que no puedo develar pero que hacen de esta, una obra muy excitante.

Antes de ir al teatro, había visto la sangrienta adaptación del musical llevado al cine por Tim Burton, pero para ser honesta mi primer encuentro con Sweeney Todd se lo debo a la película “Jersey Girl” donde el barbero era interpretado por Ben Affleck en la obra escolar de su hija.  Pero la magia de las películas y los efectos especiales no lograron superar al musical en vivo.

La actuación del costarricense Fitzgerald Ramos y la ecuatoriana Elena Vargas como solistas principales es estupenda, pese a que por llegar tarde al teatro y tener una mala ubicación, me perdí parte de las  líneas de la pastelera por problemas de sonido o acústica del teatro, único detalle que puedo reprochar porque el resto fue impecablemente cuidado y puso en evidencia que para poner en escena una obra de tal magnitud el equipo se tomó un año.

Mención especial para Liliana Duque encargada del diseño escénico que permitía que un escenario giratorio nos transportara de la calle Fleet Street a la barbería, la pastelería, la casa del juez, el manicomio, el interior de la casa de la pastelera y al mortal horno sin bajar el telón; para Pepe Rosales encargado del vestuario y para la niña que interpretó a Tobby, quien se roba los últimos minutos de la obra.

Han pasado tres días y sigo escuchando al Coro Mixto Ciudad de Quito y a la Compañía Lírica Nacional, acompañados por la Orquesta Sinfónica de Guayaquil dirigidos por Raymond Fellman (E.E.U.U) y Vasiliki Tsouva (Grecia).  Llegué treinta minutos antes de que empiece la obra y pienso que tuve suerte al lograr entrar a este espectáculo, que pudimos apreciar más de 3000 personas en dos presentaciones gratuitas gracias al aporte del Fonsal y el Municipio de Quito.

Quienes estuvimos en el teatro difícilmente podremos olvidar la majestuosa calidad del musical, estrenado originalmente en Broadway en 1979.  Y justamente en eso pensé durante toda la obra, que estaba presenciando un musical a la altura de Broadway.  La gira continúa en Cuenca el 12 y el 13 y cierra en Quito el 17, 18, 19 y 20.  Bien por la iniciativa de la Fundación Teatro Nacional Sucre que nos sorprendió con este evento.  Ojalá esta sea la primera de otras obras de esta dimensión que podamos apreciar en el país.




lunes, 25 de octubre de 2010

Parla Italia y su semana de la Lengua

Hace dos semanas recibí la llamada de mi amiga Carla, quien por cierto hoy me recordó que nos conocemos desde hace veinte años, para preguntarme si podía ser jurado de algunas actividades programadas por la “X semana de la lengua italiana”.  Como un acto reflejo le contesté que si y luego le pregunté de que se trataba.  Los jurados eramos: dos personas de ascendencia italiana relacionadas a las actividades de su herencia, un italiano que llegó por amor a Ecuador y yo, que no tengo nada que me una a esta maravillosa tierra, pero hablo el idioma y estoy vinculada a las letras.

El primer día nos reunimos en la biblioteca para ver la representación de “Il Capuccetto Rosso” (La Caperucita Roja) de los Hmns. Grimm, puesta en escena por los niños del Colegio Giusseppe Garibaldi.  La adaptación fue estupenda y escucharla en italiano con fluidez fue emocionante.  Al día siguiente asistimos al concurso de libro leído “I promessi sposi” (Los novios) de Alessandro Manzoni (1827) y, el tercer día aumenté mi vocabulario con un par de palabras nuevas incluidas en el concurso de deletreo, para el que los chicos se habían preparado tan bien que se acabaron las 150 palabras y todavía quedaban participantes que no habían cometido errores.

El último día que estaba supuesto solamente a que entreguemos los premios “ai vincitori”, fuimos sorprendidos con un breve discurso de la Sra. Clara Bruno de Piana, un diploma que nos entregó el Sr. Ricardo Ambrossini por nuestra participación y un rico “pranzo” en el que conversamos de cine, de anécdotas familiares, de teatro y de la homenajeada: Italia.

Este es un país que nos trae a la mente tantas cosas diversas: su comida, el vino, la moda, las letras, la pintura, la escultura, la música, el cine, el romance, los autos, la temida mafia.  El Imperio Romano, Sofía Loren, Carla Bruni, La Gioconda, Federico Fellini, El Padrino, un pedazo de lasagna y una copa de Brunello di Montalcino.  ¡Ai miei carissimi amici Toscani e Salentini!  Tantas cosas que han inspirado a propios y extraños y que nos hacen soñar con que todos los caminos nos lleven a Roma, Florencia y Venecia.

Me gustó ser parte de esta celebración, y es lo mínimo que podía hacer para festejar a esta tierra y a esta comunidad que tanto ha contribuido con mi ciudad.  Yo llegué a Italia por casualidad, que luego se convirtió en amor y que ahora se convierte en un compromiso. 

Ci rivedremmo Carla, Silvana, Luigi ed Io, per cominciare il Club di Cinema italiano alla mia cittá.  ¡Grazie mille Carlita per fare la telefonata!


miércoles, 6 de octubre de 2010

El piso del editor

Me alcé el mojito martini en cuestión de segundos para darme valor, me quité una gota de vodka de los labios con el dedo anular, recorrí mis dientes con la lengua para remover cualquier resto de hierbabuena y engallada caminé derecho hasta llegar a él.  Lo interrumpí mientras conversaba con un par de tipos enternados, probablemente del mundo editorial, y sin mayor introducción o pena le dije -Claudio ¿te gustaría tener una esclava del tercer mundo?-.

El editor soltó una carcajada seca, bien le venía descansar del trabajo y de las preguntas poco creativas que le había ofrecido la velada hasta el momento. Inmediatamente giró su cuerpo hacia mí, viejo lobo que percibió el olor del miedo que despedía y que el vodka no logró disimular.  Los hombres se fueron sin que lo pidamos, quizás nuestras miradas incendiarias los quemaron.  “¿Y cómo se llama mi esclava?” guiñó (no sé si fue pensado o era un tic), -Layla, hoy me llamo Layla- respondí.

La noche se desenvolvió entre coqueteos y preguntas que le asegurasen que no tenía una novela para editar en mi cartera: ni la mía, ni la de nadie.  El editor es un hombre: encantador, maduro, de cabello canoso que peinaba con los dedos con excitante frecuencia, una barba de dos días que no me resistí a acariciar y  un físico que prometía aguantar más de una ronda… Bebimos y no hablamos de Nobeles ni del post boom, sino de experiencias de viajes, cócteles y noches locas. 

-No cambiaría Barcelona ni por la promesa de un manuscrito escondido de Stieg Larsson – rió irónico, -en cambio yo daría muchas cosas por llegar a tu piso- clara y con cara de ahora mismo.  Toda la noche le envié mensajes directos en los que me colaba a su departamento, señales a las parecía ceder complacido.  Me había puesto ese vestido ceñido que no me falla porque sabía que esa noche lo encontraría.  Como era de esperarse nos retiramos temprano.

Cuando abrió la puerta de su piso escuché un ronroneo.  Me agaché y acaricié al gato, “se llama Plutón”.  Repentinamente asimilé que estaba en el departamento de un hombre al que no conocía y por un momento pensé, que iba a terminar emparedada en la cocina.  Se rió una vez más y me dijo sin que le preguntara, que no tenía los problemas del protagonista de la historia en cuestión*; luego caminó hacia su habitación y me dijo que me ponga cómoda.  Me saqué los zapatos y comencé a pasear mi índice con aroma a mojito por los cientos de libros, los cuales sospecho habría leído todos.  Luego revisé sus fotos: una de su madre, sus hermanos y sobrinos, un perro muy fino, Plutón, y varias con un amigo.  Ninguna mujer de importancia para enmarcar.

¿Gatita, me sirves un vodka tónica?, gritó desde la habitación.  –Mmmkey- respondí entre dientes, asumiendo el papel propuesto.  –Gracias gata, mañana te espero a las 8h00- dijo empuñando el vaso y empujándome con el meñique hacia la puerta, -no tardes, que a mi novio le pone de mal humor tomar el desayuno después de esa hora-.  Flashbacks del camisón de bolas, medias a rayas, dedo meñique empinado, cejas bien cuidadas, ninguna foto con mujeres.  La despedida a la fantasía con el editor me golpeó el ego tan duro como me dio la puerta en la nariz.

Al día siguiente estuve en su piso quince minutos antes de las ocho.  Había comprado pan francés y preparé mi desayuno estrella: omelette de espinaca y cheddar, jugo fresco de naranja y café pasado.  Cuando terminé lo acomodé todo sobre el desayunador junto al diario que recogí a la entrada, sobre el cual coloqué el manuscrito de este libro.  No doy por perdedor al vestido rojo, sino fuera por él no habría subido jamás al quinto piso.  Pero este libro… se lo dedico a mis habilidades de cocinera del tercer mundo.

*El gato negro, Edgar Allan Poe.